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En el Día Internacional del Migrante, quermos proclamar con voz alta un mensaje cada vez más silenciado: que las personas migrantes ya forman parte del “nosotros” y que su presencia en nuestra sociedad es un hecho incontestablemente positivo. Nuestra sociedad se ha transformado en una sociedad diversa. Y diversa quiere decir distinta, pero también quiere decir mejor.

Somos conscientes, sin embargo, de que la defensa de esta realidad se produce en un contexto de endurecimiento del discurso y las políticas públicas, que tienden a señalar y criminalizar al “otro”. Por eso, es necesario avanzar, como señala el Papa Francisco, desde “la cultura del rechazo, a la cultura del encuentro”.

En este momento, las políticas de migración, tanto a nivel europeo como a nivel nacional, siguen centradas en unos métodos de control de los flujos migratorios que, bajo el objetivo de reforzar la lucha contra las mafias –que, sin duda, hay que combatir–, no dejan de reforzar los mecanismos de acceso mediante métodos disuasorios que lo único que consiguen es infligir más dolor. Como denuncian los obispos de la Comisión Episcopal de Migraciones en su reciente Mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado 2014, “a los inmigrantes les abrimos las puertas cuando los necesitamos y se las cerramos cuando su presencia choca con nuestros intereses”.

A fecha de hoy, no existen políticas orientadas a explorar otras posibilidades más flexibles de acceso al territorio, ni una apuesta por impulsar políticas de desarrollo económico y social en los países de origen. En lugar de ello, no dejamos de constatar dificultades crecientes en los procedimientos de documentación y renovación, y la persistencia en un modelo que supone encerrar a las personas migrantes en centros de internamiento.

Atalaya Intercultural está acompañando a personas cuyo proyecto de vida se ve interrumpido por falta de oportunidades, familias que, empujadas al retorno a sus países de origen, tienen que sufrir una nueva ruptura, un nuevo duelo migratorio y afrontar un regreso que, lejos de ser voluntario, se convierte en una nueva expulsión. Acompañamos también a muchas otras familias, vecinos de nuestras comunidades, que en este nuevo contexto de precariedad social caen en la irregularidad sobrevenida y, con ello, en la exclusión en el acceso a derechos tan básicos como la salud.

Se nos está olvidado integrar y no discriminar. Por eso, como sociedad y como Iglesia no podemos dejar de señalar que las razones para migrar son las mismas que buscan hoy muchos de nuestros jóvenes que emigran en busca de nuevas oportunidades y de un futuro más digno.

Como recuerda el Papa Francisco, “respetando la independencia y la cultura de cada nación, hay que recordar siempre que el planeta es de toda la humanidad y para toda la humanidad, y que el solo hecho de haber nacido en un lugar con menores recursos o menor desarrollo, no significa que vivan en menor dignidad” (Evangelii Gaudium, 190).

 

La Conferencia Episcopal Española (CEE) ha presentado la Campaña "Ha100do un mundo mejor", con motivo de la Jornada Mundial de las Migraciones, que se celebrará el próximo 19 de enero, con el título general "Emigrantes y refugiados: hacia un mundo mejor".

Se cumplen 100 años de la primera Jornada Mundial de las Migraciones y, por este motivo, la Conferencia Episcopal ha querido presentarlo de manera especial con un vídeo titulado: “Un mismo corazón”.

Los obispos españoles subrayan en su mensaje que el Papa Francisco "va delante y nos estimula en nuestro empeño, no sólo con sus palabras sino con el testimonio de su vida" y hacen referencia a que una de sus primeras salidas fue a la Isla de Lampedusa "el icono más expresivo de la reiterada tragedia de tantos inmigrantes que dejan su vida en el mar o en los caminos". Asimismo recuerdan también otros lugares, que saben también de esas tragedias, como el Desierto del Sahara, Arizona y, en particular, las costas del Sur de España.

Un solo corazón

 "Se necesita —en palabras del Papa, que aparecen al final del vídeo— el paso de una actitud defensiva y recelosa, de desinterés o de marginación, —que, al final, corresponde a la cultura del rechazo— a una actitud que ponga como fundamento la cultura del encuentro, la única capaz de construir un mundo más justo y fraterno, un mundo mejor".

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